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miércoles, 14 de mayo de 2008

Detrás del escenario

Por Eduardo Aliverti

Hay, sólo tal vez, una buena noticia. Si se prolonga la medida de fuerza del movimiento campestre, como bautizó Eduardo Grüner a eso que la inmensa mayoría denomina “el campo”, habría la posibilidad de que aparezcan en escena las verdaderas estrellas de la obra. Porque, y entre otras causas principales gracias al ocultamiento periodístico, hasta ahora apenas aparecieron los actores de reparto.

Sea que quiera citárselas simplemente como “grandes compañías agroexportadoras”; o bien si prefiere hablarse de los jugadores decisivos en la cadena de especulación comercializadora y del producido agrotóxico, nombres como Bunge, Dreyfus, Cargill, ADM, Molinos (y Monsanto, claro está, como semillero monopólico), vienen permaneciendo cuidadosamente ocultos, no sólo en todo el tiempo que lleva el choque con “el campo”, sino cada vez que se habla o discute sobre política y rumbos granarios, o de comercio exterior en general. No es para menos. Hablar de ellos es hablar del modelo desde su raíz; y no de las lágrimas de cocodrilo que derraman los chacareros que les hacen el juego, ni de los disparates gubernamentales en el timoneo de la situación, ni de si mintió Alberto Fernández o los dirigentes de las entidades. Todo eso es para la gilada y mediáticamente sale gratis, dando, encima, la imagen de un gran debate nacional que la prensa refleja cual niña impoluta. Lo otro es el centro de la cuestión.

Va cita de un trabajo del Grupo de Reflexión Rural de marzo pasado, cuya contundencia técnica y carácter didáctico son de muy improbable desmentida: “Tomemos conciencia de que quienes protestan por las políticas tributarias son los productores; no son Los Grobo, ni El Tejar, Cargill o ADM los que se quejan. Estos últimos le pagan al productor la tonelada de soja aproximadamente a 165 dólares, cuando su precio es de trescientos dólares. Agrega el especialista Ferrari Echeverri: ‘En noviembre aumentaron las retenciones de 28 a 35 por ciento y a raíz de eso quedó en evidencia una situación inédita: cuando ni siquiera había comenzado la siembra de la soja, existían más de 18 millones de toneladas cubiertas por esos formularios, con sólo cuatro millones compradas. Quedó así en claro que eran declaraciones que cubrían ventas falsas y efectuadas al solo efecto de quedarse con el previsible aumento de las retenciones, aprovechando la incapacidad del Gobierno que, desde al menos cinco o seis semanas antes, anunciaba el aumento sin haber cerrado el registro de los formularios’. O sea que el resto, 135 dólares aproximadamente, va para el Gobierno como derecho a la exportación. Luego la venden en el mercado de Chicago a 550 y además, generalmente lo hacen luego de triangularla entre sus propias oficinas para subfacturarla y pagarle lo menos posible al Estado. El negocio de los exportadores y de las empresas a ellos vinculadas es, de ese modo, fabuloso. Pero no se detienen allí las ganancias. Los exportadores y sus socios, también y en simultáneo, se transforman en productores de agrocombustibles, de carne vacuna a corral y también de pollos, tal como la empresa Avex de Los Grobo. Las nuevas y extraordinarias dimensiones de los agronegocios, tales como la Granja Tres Arroyos, que faena trescientos mil pollos diarios y que participa de los actuales convenios de la Argentina con Venezuela, sube la apuesta productiva a niveles donde solamente pueden jugar las corporaciones. Los granos con que preparan los alimentos balanceados, con los que hacen esa carne producida en forma industrial, también los pagan a 165 dólares, como si fuera para exportación, cuando en realidad esa soja no sale del país como grano; es decir que el alimento de sus criaderos les cuesta la mitad que al productor común que hace carne, y con el que compiten en el mercado interno”.

Da pavura ideológica y vergüenza ajena, en ese orden o en el inverso, ver manifestándose en las rutas y en asambleas a chacareros que son funcionales a esos intereses. Esto es, utilitarios de su propia victimización. Es cierto, como dijo el colega Orlando Barone en una de sus deliciosas “cartas abiertas”, que el Gobierno debería descender de las nubes o de los cerros de Ubeda y salir del soliloquio que onaniza su discurso para aterrizar, aunque sea en Caballito. “Pero los del agro bájense un rato del caballo”, agregó Barone. “Exhiban en la televisión las escrituras de los terrenitos que poseen. Muéstrenles a los argentinos pobres el margen de ganancia que tienen. Declaren a los movileros cuántas hectáreas poseen sus chacritas y cuánto vale cada una. Y si quieren ponerse una escarapela como grupo rebelde no usen la de Argentina. Pónganse una escarapela con una cabeza de novillo o con una plantita de soja.” Es cierto, pero es todavía peor que eso, porque eso es la parte –necesarísima– que expone el cinismo de quienes lloran la Biblia junto al calefón como si estuviésemos ante una tragedia de hambruna campesina. La otra parte es que, como si eso fuera poco, esta gente va contra el Estado por los impuestos a las exportaciones, como si los exportadores fuesen ellos. Lo cual ni siquiera es lo peor de lo peor, porque ahora acaba de ocurrírseles que la forma elegida para este segundo tramo de su protesta –impedir la exportación de los granos reteniendo camiones– es lo más adecuado para que al Estado le duela en el bolsillo. ¿Alguien cree que no repararon en que las arcas del Estado son el bolsillo de todos los argentinos? En efecto: no se detuvieron en ese detalle simplemente porque ellos se consideran el Estado mismo. El modo en que los caminan los exportadores, “socializando” las retenciones hacia abajo con quitas fraudulentas, los tiene sin cuidado. En lugar de denunciar a la oligarquía de los agronegocios por la extracción y bicicleta de que los hace “víctimas”, se la toman con el Estado porque se apropia de una porción de la renta de sus victimarios.

En otras nobles palabras, la ecuación viene a ser que se dejan tocar el culo por las transnacionales exportadoras, pero lo que debe notarse es que se los toca el Gobierno; que, a su turno, dice que tiene aguante para no dejárselo tocar por los productores, porque lo que no debe advertirse es el modo en que lo viola el modelo sojero. Aunque, de todas formas y al margen de que en este choque no hay un solo inocente, tampoco se trata de perder de vista que lo incuestionable es el derecho del Estado a apropiar renta en proporción a las ganancias y en función de las necesidades colectivas.

Si ese principio entra en discusión, no se puede discutir más nada porque querría decir que la derrota ideológico-cultural, en este caso a manos de los dueños de la tierra y de la cadena de valor, no tiene retorno.

pagina 12 Lunes, 12 de Mayo de 2008



miércoles, 23 de enero de 2008

COLCHON DE VIDRIO


En la esquina de casa se juntan varios borrachos. El hincha de San Lorenzo, el Gordo Gigante, los tres de 30 años. Y a veces algunos pibes. Son charlatanes. Mienten para sí mismos y para todo el que quiera escuchar. El Gordo Gigante es el más hablador de todos. Yo me los cruzo de camino al kiosco, todos los días. Pero esa mañana los de siempre no dormían solos. Sobre los retazos de vidrio verde y marrón que alfombran la vereda de la esquina dormía al sol un hombre más. La mugre de las baldosas se le pegaba a la camisa de trabajo y a los pantalones claritos. Dormía como duermen las personas que duermen en la calle. Con una cicatriz de llanto que se adivina aún en los ojos cerrados. Paso frente a su cuerpo pequeño, encogido por la noche. Llevo mi peso en la mano. Y se me da por pensar que la noche anterior el no debe haber tenido un peso parecido al mío en su mano. Para tomarse el colectivo. El tren. A su casa. Y se quedó ahí nomás a donde le llegaron las ganas de caminar sin rumbo. Y le debe haber avisado a su esposa que no iba a volver, que ya se quedaba por acá para volver a trabajar al día siguiente. Solo lo veo al pasar y mientras avanzo dejándolo atrás me imagino todo esto. ¿Cómo le habrá avisado a la esposa? Vuelvo a casa. Paso a su lado de nuevo. Pienso en mi papá. Me hace acordar a mi papá. El también debe haber dormido mal. Los sueños empecinados en lo real, recordándole que debe levantarse a trabajar. Ni durmiendo se curan de la realidad. Al rato, vuelvo a salir de casa. Me voy al bar del gallego de la otra esquina. Nunca voy, pero hoy si. Obviamente, me siento junto a la ventana. La caja de electricidad, alta y gris me cubre apenas el rostro del hombre. El sol ahora le pega mas fuerte. Estoy segura que el calor lo va a despertar. Se despereza con vergüenza. Como si los ojos de todos los colectiveros los miraran feo al pasar. Está solo. Los borrachos de la esquina ya salieron de paseo. Se siente peor por estar solo. Peor que desnudo. Se toma mucho tiempo en sacudirse las ropas. Hasta que se le pase la vergüenza. Hasta que se le terminen de sacudir las penas de laburante. La ropa ya está bien, pero el se pasa las manos una y otra vez por el pecho y las caderas. Mira al piso si alguien dobla en la esquina y lo encuentra. Mira al piso mientras cruza en diagonal hasta el bar. También tiene vergüenza ahí, parado frente a la puerta abierta. Le parece prohibido entrar. Le parece mal. Se mira un poco en la ventana y otro poco en el vidrio que recubre la lista de precios. Se mira larga y tristemente. Vaya uno a saber qué piensa cuando piensa en su cara de cobre. Tiene una piel tan hermosa encerrando tanto miedo. Como una botella. Como una bolsa de arpillera raída. Llena de piedras, a punto de romperse. Pedazos - de asfalto – asimétricos – de – barrios - ajenos. Adentro de la piel. Afuera de la piel. Se anima con la puerta abierta. Ni siquiera le mira los ojos al gallego cuando le pide un vaso de agua. La única ceja del gallego da media vuelta y vuelve con el favor. Yo creo que ahora el hombre piensa en sentarse. Mueve las zapatillas gastadas frente a la barra. Yo estoy sentada, tan obvia, tan innecesariamente sentada. Ahora que las veo, con los ojos del dormido, las sillas vacías del bar son tan tentadoras. Tan caras como un café. Tan gratis como el agua. Pero el no se sienta. Ya se le animó a la puerta abierta. Pero no tiene el coraje para la silla vacía. El primer trago es largo. De parado. Yo imagino que las piedras se le mojan en el interior de su panza caída a medida que el bebe y traga sin parar. Un poco mas de agua y un suspiro. Un resoplar de caballo de sulky antes de entrar al Microcentro porteño. Más resignación que aliento. Ya no hay mas agua. El vaso vacío, claro. Desaparece.


De Carolina Perez Goñi.... gran colaboracion en el primer programa


Introduccion

Hay decisiones instintivas, pero a la vez minuciosamente inculcadas. Personales, individuales, solitarias pero que perderían todo el sentido sin el otro. Decisiones que sustentan la realidad que no existe, que justifica nuestra tristeza y nuestra alegría. Que pueden convertir a la vida en la madre de todas las condenas o el motor por el que miramos el sol cada dia. Pero mirar no hace al sentido de ver. Nos convertimos en seres selectores cuando no tenemos mucho que elegir. Esa puta sensación de pensar, decir o actuar al pedo. Y así, en realidad nada miramos y mucho menos vemos y nos ven.
Ciudades Invisibles, trabajos invisibles, personas invisibles, vidas invisibles, muertes invisibles.
Es el que se sentó al lado del teléfono a esperar, el viejito que se duerme encorvado con su bolsito en Ayacucho y Las Heras cada madrugada y ni el motor del 60 despierta, es el que observa los bondis desde la ventana del bar, el que le habla de revolución a sus amigos, es el malabarista del tren que pide un aplauso para su show porque sabe que no le van a dar un mango, La chica que lloraba sola en el microcentro, los camiones atestados de bolsas de basura (con gente arriba), al que nunca invitan al fulbito, el perro ese que me siguió tres cuadras, el punk de la escuela, el de la oficina (que todos creen que es gay pero nadie se anima a preguntarle), los que duermen en un colchón en una bonita recova de Paseo Colon con vista a la rosada, los que vamos a un lugar y volvemos como fuimos, el bueno, el malo y el feo, la señora callada que se baja cada día a la 7 en San Isidro para limpiar culos ajenos, el suicida, el buen amigo que nadie descubrió, aquellos que se prostituyen (y no siempre con el cuerpo), el payaso sin nariz colorada, la chica de mis sueños que nunca me ve, la banda que no me acuerdo como se llamaba, y las infinitas sombras que van que vienen y se quedan.
Rafael Barret lo describía mejor:
“La vida es un aire sutil, invisible y veloz, cuyos remolinos agitan un instante el polvo que duerme en los rincones. El inmortal torbellino pasa, torna a la pura atmósfera, a lo invisible, y el polvo se desploma inerte en su rincón. Los sabios no ven más que el polvo: palpan minuciosamente los cadáveres.”

Por ahí no es tan jodido, por ahí es tan simple como abrir los ojos y verlos.